miércoles, 3 de marzo de 2010

Ignorancia, bella ignorancia

HOMBRENIÑO: -Sabés, en los últimos años he podido conservar felizmente mi ignorancia.
HOMBREADULTO: -¿Acaso eso te hace feliz?
HOMBRENIÑO: -Ya nunca dejo de sorprenderme...
HOMBREADULTO:-¿Acaso eso te hace feliz?
HOMBRENIÑO: -... y así la vida jamás se volverá monótona para mí...
HOMBREADULTO: -¿Acaso eso te hace feliz?

lunes, 14 de diciembre de 2009

Ignorancia existencial

Hace ya casi 4 años que escribo la misma canción.
Capaz si cambio algún acorde las cosas cambien.
El problema es que no sé combinar los acordes,
y cada año termino escribiendo lo mismo
una y otra vez.
Capaz atrás de esas combinaciones
se esconde la vida.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Hoy

Hoy escribí una canción muy triste.
Tan triste que sentí verguenza de mí mismo,
y de ella.
Más tarde me di cuenta, al releerla
y escucharla en mi voz,
de que ante el oído ajeno
pasaría por una canción alegre,
colorida, optimista
e incluso bella.

martes, 1 de diciembre de 2009

Nico Dreik

La necesito. Elijo la música cuando la necesito.
Y entonces adoro rasguear cualquier acorde, sin molestarme ni mi semialfabetismo musical, ni mi poca técnica, ni mis frecuencias no siempre tan exactas.
Levantar la voz, gritar cuando la casa está vacía y nadie puede sufrir mi canto epiléptico, mi energía exhalada por la garganta, por la nariz.
Canto, rasgueo, me curo. Pero a veces voy a dar al otro lado.
Canto, rasgueo, me hastío.
Un estribillo más, ya sale, quizás valga la pena.
¿No podés decir nada más?
Nunca aprendí a hablar bien.
¿Cómo va a terminar la estrofa?
Nunca empezó.
Es la misma de siempre.
Siempre.
Ella no existe.
La estrofa.
Ella.
Lo mismo.
Dicen que no tenía nada más que decir.
Capaz por eso se fue para el otro lado.
Yo ya escuché ese comentario.
Dicen que dijo:
No tengo más que decir.

lunes, 5 de octubre de 2009

Tiempo

A veces me doy cuenta de que ciertas cosas me dan miedo.
A veces me doy cuenta de que ciertas cosas me entristecen.
A veces soy yo y no ciertas cosas.
A veces soy yo quien me doy miedo.
A veces soy yo quien me entristezco.

Time has told me

Time has told me
You're a rare rare find
A troubled cure
For a troubled mind.

And time has told me
Not to ask for more
For someday our ocean
Will find its shore.

So I`ll leave the ways that are making me be
What I really don't want to be
Leave the ways that are making me love
What I really don't want to love.

Time has told me
You came with the dawn
A soul with no footprint
A rose with no thorn.

Your tears they tell me
There's really no way
Of ending your troubles
With things you can say.

And time will tell you
To stay by my side
To keep on trying
'til there's no more to hide.

So leave the ways that are making you be
What you really don't want to be
Leave the ways that are making you love
What you really don't want to love.

Time has told me
You're a rare rare find
A troubled cure
For a troubled mind.

And time has told me
Not to ask for more
For some day our ocean
Will find its shore.



Nick Drake

lunes, 7 de septiembre de 2009

Intervalo

Él se quedó ciego. Ya no puede ver aquello que se encuentra fuera de su óptica. No puede y, acaso por decisión propia, ha decidido arrancarse una cara. Eso ha decidido y en eso está: intentando. Si el mero hecho de decidir implicara la feliz realización de lo que se desea, él sería feliz, el mundo sería otro y ninguno de nosotros estaría condenado a observar la rotundidad de nuestros fracasos. Pero la realidad es diferente: no basta con decidir algo, con sólo desearlo. Ojalá yo pudiera afrontar cualquier situación sabiendo que el riesgo no existe, que todo va a ser como yo ya lo decidí, que el pánico cotidiano carece de sentido.
Él entonces decide arrancarse una cara, con los ojos incluídos. Al momento de hacerlo sospecha que quizás sea demasiado débil para salir airoso de semejante tarea. Recordemos que uno no se quita la cara todos los días. Uno se quita una cara en un momento determinado, bajo la dudosa convicción de que es lo mejor que puede hacer, que es lo conveniente, lo indicado, la receta más apropiada.
Ya que en estos tiempos el hábito del sueño no resulta siempre un placer, ha pasado días enteros con sus noches intentando arrancarse esa cara. Empezó un día de lluvia quizás. Juntó sus manos en la nuca y comenzó a tirar del cuero cabelludo. Al principio algo inseguro, luego tomó confianza al ver que el cabello cedía y se desprendía con facilidad, incluso sin dolor, casi como sacarse una peluca. El problema llegó a la altura de los ojos. El desprendimiento de cara parecía haberse complicado en esa zona. Tiró con más fuerza. Sintió algo de dolor. Volvió a tirar más decidido. La sensación fue espantosa, indescriptible. Aterrado, se retractó y continuó el proceso de manera inversa, hasta volver a insertarse el más mínimo pelo por debajo de la nuca. Sin embargo, no todo es gratis en la vida. Cuando quiso volver a abrir los ojos, notó que aquel inútil forcejeo
con que había empezado a desprender su cara días antes había tenido consecuencias inesperadas. La visión se le había perturbado. No se reconocía. No reconocía ni sus manos, ni sus piernas, nada. Se acercó a un espejo y en lugar de su reflejo obtuvo un placard. Desde luego no se trataba de un espejo, pero él no lo supo, ya no sabía ver.

Los primeros meses fueron caóticos, hasta que por fin se acostumbró. Creía ver platos de fideos donde no había más que papel higiénico, orinaba dentro de la heladera, se bañaba con ayuda de ron y dormitaba sobre las ornallas, a fuego lento.
En cuanto fue más o menos consciente de que sus sentidos estaban algo trastocados, decidió no moverse más. Si bien no notaba la diferencia entre mordisquear un bombón o saborear una esponja, la sospecha de que algo andaba mal pronto se le hizo evidente.
Se quedó quieto en un rinconcito de su habitación (dio la casualidad de que en ese rincón se encontraba su cama) y empezó a mirar diferente. Notó que no era necesario moverse y que lo que necesitaba lo podía obtener con solo verlo. Pero claro que para eso no le servían aquellos ojos ridículos. Dio en la solución al cerrarlos.
No entendía qué le pasaba pero al menos creía que ahora sus sensaciones eran reales.
Imaginó una cama y de inmediato sintió la comodidad del colchón y la suavidad de las sábanas.
Sintió hambre y se figuró unas vainillas con una leche, y con sólo pensarlas las vio y se las devoró.
Más tarde pensó en un buen libro y vio las líneas de sus páginas más memorables deslizarse alrededor de sí. Las siguió con su nueva vista, entusiasmado. Después de varios párrafos un par de oraciones traicioneras le trajeron recuerdos azules y se chocó con la tristeza. Moqueó un poco y de repente la tristeza se le hizo una lágrima gigante cayendo por su mejilla. Se taparon con las sábanas e hicieron el amor durante algunas horas. Después desapareció y lo dejó dormir tranquilo.